Parece que la opinión de los medios, garante de la corrección politica y la mesura moral, le quiere restar importancia a que Barack Obama sea negro al 50%. Sin embargo, curiosamente, no hablan de otra cosa cada vez que su nombre salta a la palestra. Se siente que, de puramente correctos, de querer pasar por "modernos", quieren obviar uno de los aspectos más importantes de la campaña pesidencial americana.
Ojalá no fuera así, y la cuestión de la raza fuera insignificante del todo, pero no paran de oírse voces -a menudo más afines al partido demócrata y a la maltrecha izquierda europea- que claman y reclaman lo positivo que sería que EEUU eligiera a su primer presidente negro. ¿Acaso debería ser elegido por eso? ¿Acaso eso no sería, igualmente, un caso de racismo?
Cualquier filósofo progresista hablaría en términos de "racismo positivo", seguro; pero para mí, que escribo en este blog, es racismo: un suceso tan incómodo como inevitable, que no debería existir pero que existe, que sin llegar a alimentar odios ni violencia, nos provoca un inconsciente proceso de segregación entre personas de idéntica condición humana.

Barack Obama y su naturaleza mulata son el gran ingrediente de esta campaña presidencial que a todos parece interesar, máxime después de derrotar en las primarias demócratas a
Hillary Clinton, mujer y esposa del ex-presidente
Bill Clinton, (morbo por duplicado, triplicado y cuadruplicado). De hecho, es la propia raza de Obama la que le ha hecho conectar con la nutrida población negra de EEUU, por primera vez esperanzada de veras.
Sin embargo, la "raza" de Obama, niño bien de
Harvard, de padre rico keniata-niño bien de Harvard y de madre americana, anglosajona y de Kansas está muy alejada de la idea del "afroamericano" de a pie.
La "raza" de los negros del
Bronx o de
New Orleans, que nada tiene que ver con la de Obama, procede de los descendientes de esclavos traídos de
África durante siglos. Ellos han visto cómo la Consitución Americana les ha dado la espalda durante varias generaciones y han estado obligados a a subsitir con lo justo o ni siquiera con eso, a buscarse las habichuelas donde fuera y a ser los grandes necesitados y los grandes olvidados del enclenque estado de bienestar americano.
Ahora, de repente, se ven reflejados en Obama, un joven carismático, televisivo y con grandes promesas y planes para América y la humanidad. Es negro, como ellos, pero viene de otro mundo. Obama, sin embargo, juega con ello, y eso de utilizar la raza para bien para mal no deja de ser, repito, racismo. No sé nada de su capacidad como gobernante, sí de su capacida atractivo-seductora y también de la inoperancia mediática de su rival McCain. Si gana, será el primer presidente no-blanco en la historia de EEUU.
Lo que en verdad me pondría triste es pensar que Obama hubiera ganado o perdido por las cuestiones raciales que todo el mundo parece explotar en esta campaña (incluido él mismo), porque eso sería señal inequívoca de que el odioso racismo (positivo o negativo para los progres, al igual que su discriminación por sexos) sigue latente y patente en occidente.