Hace unos días, en una boda, tuve la oportunidad de escuchar una homilía en la que se sentó cátedra y que a más de uno nos dejó boquiabiertos y sin saber muy bien si lo que escuchábamos era o no cierto. Don Pepito (el sacerdote) explicó durante veinte minutos la formación del Universo y el Big Bang, de todos los astros, de las leyes físicas y del origen de la vida, que acabó resumiendo como una síntesis de aminoácidos que tuvo la suerte d encontrar una chispa de carga eléctrica en el momento adecuado.
La Ciencia, proclamó don Pepito, es quien explica los hechos de Dios, mientras que la Biblia se limita a recoger su palabra. Me llenó de asombro y satisfacción el comprobar cómo una parte -digamos "progresista"- de la Iglesia se atrevía, en plena Eucaristía, a aceptar sin complejos unos hechos impecablemente demostrados aunque estuvieran radicalmente en contra de la doctrina cristiana.
Esta mañana, el mundo se ha levantado expectante y mirando al lago de Ginebra, al CERN, donde comenzaban los primeros experimentos con el Gran Colisionador de Hadrones, un aparato de 6000 millones de euros que acabará por descubrir -o no- la existencia del Bosón de Higgs, la diminuta partícula que falta para que la Teoría Cuántica de Campos (el modelo científico estándar imperante desde los años 70) acabe de cuadrar por completo y podamos entender el funcionamiento completo de la física de partículas.Puede que esta explicación, más cercana a lo pachanguero que a lo puramente científico, parezca ridícula en su intención de comprender hasta el más íntimo de los misterios del Universo; pero si este experimento sale bien y se puede registrar la existencia del dichoso Bosón, habremos sido espectadores de uno de los hechos científicos más relevantes de nuestra Historia. De esa inocente intención nace también el "sobrenombre" de esta misteriosa partícula mensajera: la partícula de Dios.
Para la Ciencia, que todo lo descubre y a todo le da una razón lógica, Dios bien podría ser el Bosón de Higgs: un tipo de fotón masivo causante de la fuerza débil, una de las cuatro fuerzas fundamentales que explican y racionalizan nuestro modelo del Universo. La Ciencia, según su método, no puede admitir más Dios que el propio límite de sus conocimentos, y todo parece indicar que esa linde está a punto de aumentar su tamaño una buena porción de terreno de una sola tacada.
No tengo claro si la Ciencia le come el terreno a la Iglesia o no, pero, a falta de ofrecer consuelo y salvación, ofrece unas respuestas que nos ponen los pelos de punta y que van ensanchando su campo de actuación hasta límites inimaginables. La actitud recalcitrante de varios sectores religiosos que siguen defendiendo el creacionismo, por ejemplo, no es la actitud más positiva de la Iglesia -ni la mayoritaria-, y sólo puede contribuir a formar un ejército de fundamentalistas o de caballeros cruzados que vuelvan a mandar a la hoguera a reputados científicos.La actitud de don Pepito, el cura de la boda, consecuente con el progreso humano y sus descubrimientos, sin temor de que el desarrollo de nuestra especie acabe con uno de sus soportes morales, es la actitud requerida por una Iglesia que quiera vivir en el siglo XXI. Por supuesto, no tiene por qué aceptar que Dios es el Bosón de Higgs pero, al fin y al cabo, nadie ha dicho, excepto Miguel Ángel Buonarotti, que fuera un anciano severo con una gran barba blanca.





