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domingo, 2 de mayo de 2010

FREUD Y EL ART NOUVEAU. VIENA 1900

Demasiado a menudo se toma a broma el Art Nouveau. A pesar de sus múltiples vertientes (Secesión, Nouveau y Modernismo) y de su nacimiento espontáneo en diversas partes de Europa -Bruselas, Viena y Barcelona, principalmente-, pretendió ser un estilo, simplemente un estilo adaptado a la alta burguesía acomodada de principios del siglo XX. Si bien fue un sentimiento común que surgió de la conciencia colectiva, se encargó mucho de representar valores autóctonos según cada ámbito. Fue el primer mvimiento en hacerse llamar "estilo".


Sigmund Freud, reputado médico, psiquiatra y librepensador vienés (1890 aprox.) ensalzó el valor del inconsciente como verdadero generador de la personalidad. Un verdadero yo al que sólo podíamos acceder mediante métodos más o menos ortdoxos.
La cocaína abrió a Freud el camino a nuevos estados de ánimo, suficientes según él, para alcanzar otras capas de la consciencia. Su uso, muy extendido en la entonces capital del Imperio Austro-Húngaro, se extendió a los jóvenes y no tan jóvenes relevantes artistas de la ciudad. Uno entre ellos, Gustav Klimt, decidió que la cocaína sería su principal método de trabajo para llevar a cabo su propia investigación sobre los sentimientos y su relación con el subconsciente. Había nacido el simbolismo vienés.

Las ansias de Klimt por rebelarse contra el incipiente impresionismo francés, por intentar expresar una realidad en lugar de interpretarla, le llevó a utilizar los elementos pictóricos, especialmente los colores, como ya recomendara Baudelaire, mediante el símbolo y la sinestesia.

Será el propio Gustav Klimt quien, apoyado por jóvenes pintores y estudiantes de arquitectura funde el Movimiento Secesión de Viena, con su revista Ver Sacrum. Sus objetivos pasaban por renovar el estilo historicista de la vieja capital del Imperio, retomar una arquitectura y un arte que se comunicaran directamente con la Naturaleza y renovar el panorama artístico internacional mediante un Nuevo Estilo, llevado a cabo por artistas cultos, reformistas y con grandes concimientos técnicos e históricos.

martes, 20 de mayo de 2008

GOEBBELS Y LA PROPAGANDA

En los tiempos que corren, en que todo -desde los periódicos hasta los SMS, pasando por blogs, e-mails, radios o periódicos- nos avasalla en forma de noticia, en forma de mensaje y de persuasión, podemos recordar al indeseable asesino que montó las bases para ello.

Paul Joseph Goebbels, ministro de propaganda Nazi, cojo, feo, cobarde, fanático e inteligente, se las supo ingeniar para que el entramado nazi acabara calando entre el pueblo alemán y mucho más allá: sus aires de grandeza, sus ansias de expansión, su acerado antisemitismo y su odio visceral a quién discrepara de ello.

También supo, llegado el momento, suicidarse junto a su mujer y sus hijos en el búnker de Berlín en cuanto vieron un ruso.

La gran trampa, igual que la comunista, es la de los carteles, los libros y los discursos, y fue Goebbels quien teorizó sobre el tema. Ojo al dato:


Los principios propagandísticos de Goebbels:


Principio de simplificación y del enemigo único: Adoptar una única idea, un único símbolo, e individualizar al adversario en un único enemigo.

Principio del método de contagio: Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; los adversarios han de constituirse en suma individualizada.

Principio de la transposición: Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo al ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".

Principio de la exageración y desfiguración: Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.

Principio de la vulgarización: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar".

Principio de orquestación: "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetidas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin tesuras ni dudas. Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".

Principio de renovación: Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.

El Principio de la verosimilitud: Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.

Principio de la silenciación: Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.

Principio de la transfusión: Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

Principio de la unanimidad: Llegar a convencer a mucha gente de que se piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.
En verdad que es certero, y que sn estos principios los que rigen, desde siempre, la manipulación de las masas.

lunes, 28 de abril de 2008

DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS...

El 2 de mayo conmemoramos el levantamiento del pueblo de Madrid contra el intento tirano e imperialista de Bonaparte. Hoy, doscientos años después, podemos considerarnos orgullosos de aquella gesta, de aquel combatir más de hígados que de sesos contra los mejores soldados del mundo.


Lo mejor de las guerras y de la Historia, siempre digo, es la lectura que cada uno puede hacer de ellas. Para mí, el 2 de mayo se cumplirán dos siglos desde la última ocasión (puede incluso que también la primera) en la que los españoles nos pusimos de acuerdo en algo, que permanecimos hombro con hombro contra una causa enemiga que por vez primera nos amenazaba a todos por igual. Nunca jamás lo hemos vuelto a hacer.
Quizá el 2 de Mayo, el acontecimiento de más trascendencia en nuestra Historia junto con los setecientos años de Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo (ni siquiera en este último pudimos estar todos contentos) no sea tan celebrado por eso; porque hoy, en los albores del siglo XXI, no está de moda la unidad, sino que acompleja e incluso asusta a algunos. La costumbre de tergiversar e incluso rechazar la Historia tiene como resultado sentirse algo inhibido a la hora de las celebraciones por muy honrosas que sean.

La finalidad de la gesta - librarse del invasor francés que nos "colocó" a su hermano José I, uno de los mejores reyes que han pisado suelo patrio- tuvo, repito, más de corazón que de cabeza, y otro gallo nos hubiera cantado de habernos regido un poco más de tiempo bajo el signo del liberalismo más cercano a las cortes de Cádiz, los afrancesados y la luminosa Ilustración.
Nuestro destino dictó que los españoles habríamos de salir a las calles a los gritos de "¡Vivan las cadenas!" sólo para contradecir a los que gritaban "¡Viva la libertad!". Napoleón representaba para muchos el ideal liberal y los valores de la Francia Ilustrada. Para otros, los más acomodados y rancios aristócratas, Fernando VII era el auténtico estandarte que aseguraba la continuidad de los valores hispanos- absolutismo e Inquisición incluidos-. No obstante, el valor de defender lo propio frente a lo ajeno pudo al heroico pueblo de Madrid.
La Guerra de la Independencia (1808-1814) sirvió para reforzar una incipiente conciencia españolista y para ensalzar a verdaderos patriotas y héroes nacionales, pero también sirvió para canalizar los odios y luchas internas que se siguieron manifestándose después durante más de cien años de guerras civiles sin tregua, conformando la remota raíz de aquello que se habría de llamar las dos Españas.
Como gesto patriótico, el movimiento, puro e idealista, no tuvo tacha pero, sin embargo, significó un importante paso atrás al defender a ultranza a un rey, al Rey Felón, débil, egoísta e ignorante, que había traicionado a todos sus súbditos por un castillo en Francia y una ridícula pensión, y que años después volvería para restaurar su política de tirano absolutista. Por él murieron muchos patriotas, y por él volvieron a morir muchos otros.
Napoleón, déspota, culto, civilizador, legislador, pérfido e inteligente, igual nos hubiera modernizado un poco el Suelo Patrio. Pero aquellas, desde luego, no fueron las mejores maneras.