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martes, 4 de noviembre de 2008

LA VIDA JUNTO AL ESTADIO

Sufro el inmenso infortunio de vivir junto a un estadio. En mi caso, se trata del mismísimo Vicente Calderón, quien impide, dia tras día, aunque no haya partido, unas fabulosas vistas desde el parque de San Isidro. Ergo, con no subir más al parque, no tengo por qué sufrirlo...

Sin embargo, cada dos domingos, mi barrio, que ni siquiera es el barrio donde se encuentra el estadio, sino que está al sur del río Manzanares, sufre un repentino estado policial y de excepción que se alarga durante toda la tarde-noche en que tiene lugar el partido. Cada resquicio de acera libre se encuentra ocupado por incómodos coches que no han encontrado un sitio mejor, que no han tenido la delicadeza de venir en metro a un lugar céntrico de Madrid un domingo por la tarde o, sencillamente, les importa un carajo que los habitantes de mi barrio tengamos que aguantar el cisco que montan cada quince días.
No puede uno pasar por las calles cercanas al estadio con una lata de cerveza en la mano o un miserable cepillo de barrer. Aunque vivas allí mismo, como Menchu, eres sospechoso de ser un violento hooligan borracho que viene a destrozar coches entonando himnos fascistas. Si vas a visitar a Menchu con unas latas para invitarla a tomar una cerveza... te quedas con las ganas.

Los servicios públicos quedan inutilizados durante las cuatro o cinco horas que dura cada tinglado (sí, el partido tiene un inmenso antes, un intenso durante y un infinito después): el carril bus queda inexistente gracias a la permisividad policial para que el parroquiano aparque "donde no estorbe", provocando retrasos de más de cuarenta minutos en las líneas de autobús de Carabanchel, un barrio de doscientos mil habitantes, muchos de los cuales no están ni mínimamante interesados por el Atlético de Madrid o tan siquiera por el fútbol pero que pagan sus impuestos para tener servicios.
El metro, decíamos, se llena de fanáticos borrachos (muchísimos otros son espectadores normales, urge contarlo) que no paran de berrear canciones estúpidas inundando el vagón con su etílico aliento.

Para una familia que, por ejemplo, vuelva a casa tras el fin de semana en su pueblo y venga de tragarse dos horas de atasco en la entrada a la ciudad, no es el mejor premio, al llegar, que dos salidas de la M30 cortadas les impida llegar a su casa. Como justificación, el Ayuntamiento ha ideado una señal luminosa llamada "evento deportivo" bajo un reluciente balón de fútbol en la oscuridad de los túneles...
A todo esto y mientras todo ocurre cada quince días, Atlético de Madrid, S.A.D. sigue siendo, como indica su nombre, una Sociedad Anónima perfectamente capaz de solucionarse sus problemas (pregúntenle a Nike, por ejemplo) y que no necesita de ninguna autoridad que le proteja y le convierta en amo y señor de un barrio bastante más antiguo e importante que ella.

Que se eviten los problemas -que los hay-, vale; que se intente mantener a raya a las decenas de indeseables que rompen coches y se enfrentan a los antidisturbios, vale; que existan partidos en los que ejércitos de maleantes necesiten un estado de excepción y toda la aplicación de la policía, vale. Pero no nos engañen, que eso no ocurre cada dos semanas, y que hay muchísimas más personas interesadas en viajar tranquilamente en autobús que en el fútbol y en los eventos de una determinada Sociedad Anónima, por mucha Liga de Campeones que se esté jugando.

lunes, 28 de abril de 2008

DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS...

El 2 de mayo conmemoramos el levantamiento del pueblo de Madrid contra el intento tirano e imperialista de Bonaparte. Hoy, doscientos años después, podemos considerarnos orgullosos de aquella gesta, de aquel combatir más de hígados que de sesos contra los mejores soldados del mundo.


Lo mejor de las guerras y de la Historia, siempre digo, es la lectura que cada uno puede hacer de ellas. Para mí, el 2 de mayo se cumplirán dos siglos desde la última ocasión (puede incluso que también la primera) en la que los españoles nos pusimos de acuerdo en algo, que permanecimos hombro con hombro contra una causa enemiga que por vez primera nos amenazaba a todos por igual. Nunca jamás lo hemos vuelto a hacer.
Quizá el 2 de Mayo, el acontecimiento de más trascendencia en nuestra Historia junto con los setecientos años de Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo (ni siquiera en este último pudimos estar todos contentos) no sea tan celebrado por eso; porque hoy, en los albores del siglo XXI, no está de moda la unidad, sino que acompleja e incluso asusta a algunos. La costumbre de tergiversar e incluso rechazar la Historia tiene como resultado sentirse algo inhibido a la hora de las celebraciones por muy honrosas que sean.

La finalidad de la gesta - librarse del invasor francés que nos "colocó" a su hermano José I, uno de los mejores reyes que han pisado suelo patrio- tuvo, repito, más de corazón que de cabeza, y otro gallo nos hubiera cantado de habernos regido un poco más de tiempo bajo el signo del liberalismo más cercano a las cortes de Cádiz, los afrancesados y la luminosa Ilustración.
Nuestro destino dictó que los españoles habríamos de salir a las calles a los gritos de "¡Vivan las cadenas!" sólo para contradecir a los que gritaban "¡Viva la libertad!". Napoleón representaba para muchos el ideal liberal y los valores de la Francia Ilustrada. Para otros, los más acomodados y rancios aristócratas, Fernando VII era el auténtico estandarte que aseguraba la continuidad de los valores hispanos- absolutismo e Inquisición incluidos-. No obstante, el valor de defender lo propio frente a lo ajeno pudo al heroico pueblo de Madrid.
La Guerra de la Independencia (1808-1814) sirvió para reforzar una incipiente conciencia españolista y para ensalzar a verdaderos patriotas y héroes nacionales, pero también sirvió para canalizar los odios y luchas internas que se siguieron manifestándose después durante más de cien años de guerras civiles sin tregua, conformando la remota raíz de aquello que se habría de llamar las dos Españas.
Como gesto patriótico, el movimiento, puro e idealista, no tuvo tacha pero, sin embargo, significó un importante paso atrás al defender a ultranza a un rey, al Rey Felón, débil, egoísta e ignorante, que había traicionado a todos sus súbditos por un castillo en Francia y una ridícula pensión, y que años después volvería para restaurar su política de tirano absolutista. Por él murieron muchos patriotas, y por él volvieron a morir muchos otros.
Napoleón, déspota, culto, civilizador, legislador, pérfido e inteligente, igual nos hubiera modernizado un poco el Suelo Patrio. Pero aquellas, desde luego, no fueron las mejores maneras.