Quizá me llamen tirrioso u obseso, o incluso anticuado, pero mucho me temo que le televisión pública española, aquella sin la cual estaríamos todos desinformados y manipulados (léase con la ironía pertinente), ha vuelto a cometer una de sus habituales tropelías al utilizar el dinero público con un fin simplemente superficial y, nunca mejor dicho, de pura imagen.
Como informó en su día El País, la operación, que busca adaptar la televisión pública a los nuevos tiempos, ha consistido en un curioso cambio de look, sin advertir previamente los señores funcionarios que la mejor manera de que una TV pública se adapte a los nuevos tiempos es desapareciendo o reflexionando a fondo sobre sus contenidos, y no sencillamente poner tanta publicidad como la que más, inyectar veinte horas de basura diarias, la tengamos que pagar entre todos y que, encima, sea una máquina de perder dinero.
Más dinero, según sigue informando El País, han sido los casi 600 millones de euros (unos 95.000 millones de las antiguas pesetas) los que se ha gastado el Padre Estado en llevar a cabo este cambio tan necesario.
Además, en una cultura donde entra con fuerza la moda del "vintage" y de "lo retro", me parece fuera de lugar que, después de aguantar cincuenta años con las ya míticas letras poligonales, aguantando temporales y olas de diseño fulgurantes, las tengan que cambiar justo ahora, cuando podrían empezar a ponerse de moda en chapitas y camisetas, al igual que Naranjito o las zapatillas Victoria.
No es que tenga nada en contra de los nuevos logos -no me disgustan en absoluto por frescos y directos-, pero esos insulsos números que se quedan en la pantalla para indicarte si estás viendo la 1 o la 2 son lo más horrendo de toda la parrilla televisiva y, en términos generales, no eran necesarios ni urgentes de ninguna manera.
Ojalá esto no llegue a más e, insisto, sigan prevaleciendo, al menos en mi país, los valores de EEUU y Europa antes que los de China o Rusia, pero lo que se nos ha puesto delante de los ojos no puede ser un perro si, claramente, estamos viendo un gato. Si los occidentales no somos tontos... ¿por qué habrían de serlo los demás? ¿Acaso no juegan al Risk?
Han sonado con fuerza las voces de unos cuantos que aprovechan, como pueden, estos breves momentos para aleccionarnos a los demás, a los que no llevamos chapitas ni pegatinas, acerca de cómo debería pensar alguien cívico, progresista y de mentalidad abierta en tiempo y espacio. Muchos de ellos se han enterado este mismo año de "qué era eso del 
Barack Obama y su naturaleza mulata son el gran ingrediente de esta campaña presidencial que a todos parece interesar, máxime después de derrotar en las primarias demócratas a Hillary Clinton, mujer y esposa del ex-presidente Bill Clinton, (morbo por duplicado, triplicado y cuadruplicado). De hecho, es la propia raza de Obama la que le ha hecho conectar con la nutrida población negra de EEUU, por primera vez esperanzada de veras.
Ahora, de repente, se ven reflejados en Obama, un joven carismático, televisivo y con grandes promesas y planes para América y la humanidad. Es negro, como ellos, pero viene de otro mundo. Obama, sin embargo, juega con ello, y eso de utilizar la raza para bien para mal no deja de ser, repito, racismo. No sé nada de su capacidad como gobernante, sí de su capacida atractivo-seductora y también de la inoperancia mediática de su rival McCain. Si gana, será el primer presidente no-blanco en la historia de EEUU. 



