Hace unos días, en una boda, tuve la oportunidad de escuchar una homilía en la que se sentó cátedra y que a más de uno nos dejó boquiabiertos y sin saber muy bien si lo que escuchábamos era o no cierto. Don Pepito (el sacerdote) explicó durante veinte minutos la formación del Universo y el Big Bang, de todos los astros, de las leyes físicas y del origen de la vida, que acabó resumiendo como una síntesis de aminoácidos que tuvo la suerte d encontrar una chispa de carga eléctrica en el momento adecuado.
Esta mañana, el mundo se ha levantado expectante y mirando al lago de Ginebra, al CERN, donde comenzaban los primeros experimentos con el Gran Colisionador de Hadrones, un aparato de 6000 millones de euros que acabará por descubrir -o no- la existencia del Bosón de Higgs, la diminuta partícula que falta para que la Teoría Cuántica de Campos (el modelo científico estándar imperante desde los años 70) acabe de cuadrar por completo y podamos entender el funcionamiento completo de la física de partículas.
No tengo claro si la Ciencia le come el terreno a la Iglesia o no, pero, a falta de ofrecer consuelo y salvación, ofrece unas respuestas que nos ponen los pelos de punta y que van ensanchando su campo de actuación hasta límites inimaginables. La actitud recalcitrante de varios sectores religiosos que siguen defendiendo el creacionismo, por ejemplo, no es la actitud más positiva de la Iglesia -ni la mayoritaria-, y sólo puede contribuir a formar un ejército de fundamentalistas o de caballeros cruzados que vuelvan a mandar a la hoguera a reputados científicos.
Como informó en su día
No es que tenga nada en contra de los nuevos logos -no me disgustan en absoluto por frescos y directos-, pero esos insulsos números que se quedan en la pantalla para indicarte si estás viendo la 1 o la 2 son lo más horrendo de toda la parrilla televisiva y, en términos generales, no eran necesarios ni urgentes de ninguna manera.
Ojalá esto no llegue a más e, insisto, sigan prevaleciendo, al menos en mi país, los valores de EEUU y Europa antes que los de China o Rusia, pero lo que se nos ha puesto delante de los ojos no puede ser un perro si, claramente, estamos viendo un gato. Si los occidentales no somos tontos... ¿por qué habrían de serlo los demás? ¿Acaso no juegan al Risk?
Han sonado con fuerza las voces de unos cuantos que aprovechan, como pueden, estos breves momentos para aleccionarnos a los demás, a los que no llevamos chapitas ni pegatinas, acerca de cómo debería pensar alguien cívico, progresista y de mentalidad abierta en tiempo y espacio. Muchos de ellos se han enterado este mismo año de "qué era eso del 
Barack Obama y su naturaleza mulata son el gran ingrediente de esta campaña presidencial que a todos parece interesar, máxime después de derrotar en las primarias demócratas a Hillary Clinton, mujer y esposa del ex-presidente Bill Clinton, (morbo por duplicado, triplicado y cuadruplicado). De hecho, es la propia raza de Obama la que le ha hecho conectar con la nutrida población negra de EEUU, por primera vez esperanzada de veras.
Ahora, de repente, se ven reflejados en Obama, un joven carismático, televisivo y con grandes promesas y planes para América y la humanidad. Es negro, como ellos, pero viene de otro mundo. Obama, sin embargo, juega con ello, y eso de utilizar la raza para bien para mal no deja de ser, repito, racismo. No sé nada de su capacidad como gobernante, sí de su capacida atractivo-seductora y también de la inoperancia mediática de su rival McCain. Si gana, será el primer presidente no-blanco en la historia de EEUU. 



